Un libro como éste es infinitamente más fácil de criticar que de escribir. El intento de condensar más de diez mil años de una historia muy compleja en un breve libro, web o blog provocará innumerables protestas entre los especialistas al ver como se distorsionan, comprimen, tergiversan e, incluso, desaparecen sus parcelas de estudio. Pero una historia breve de un asunto tan amplio no puede pretender abarcarlo todo: en el mejor de los casos puede proporcionar una guía inteligente de alcance general de los acontecimientos.
Estas limitaciones son, en parte, debidas a la naturaleza de la historia escrita, que no puede limitarse a transmitir unos hechos comúnmente aceptados, sino que debe responder más bien a un proceso de imposición de orden en la masa de material - y en las interpretaciones de dicho material - que nos llega desde el pasado. Pero en el caso de una historia concisa de Alemania como ésta, resulta especialmente cierto el hecho de que se deben tomar decisiones drásticas respecto a lo que se selecciona y se omite. En lo relativo al espacio dedicado a las diferentes épocas, este libro funciona de acuerdo con el principio de la perspectiva: los objetos más cercanos al observador son más grandes y se perciben en mayor detalle que las difusas vistas generales de los horizontes lejanos. Así, a medida que nos acercamos al presente, los capítulos van tratando períodos de tiempo cada vez más cortos. En esto, como en todo libro de historia que trata de períodos temporales muy largos, influye la abundancia de fuentes bibliográficas. Es indudable que sobre el siglo XX hay mucha más información escrita, tanto de fuentes originales como secundarias, que sobre el siglo XV, por ejemplo. Y también hay un tercer factor: como este libro va dirigido al lector poco o nada conocedor del tema y no a especialistas de historia de un período determinado, los acontecimientos interesan más cuanto más reciente son. Así, por ejemplo, tenemos claro que dentro de la historia del siglo XX, interesa mucho más la de la Segunda Guerra Mundial que la historia de la Primera Guerra Mundial.
En un verso famoso y muy citado, los dos célebres escritores alemanes Goethe y Schiller plantearon la pregunta que ha constituido el núcleo de gran parte de la historia alemana: Deutschland? Aber wo liegt es? Ich weiss das Land nicht zu finden. (¿Alemania? Pero ¿donde está? Yo no sé encontrarla). Más adelante apuntaban concisamente a otro de los problemas de los alemanes de su época: Zur Nation euch zu bilden, ihr hoffet es, Deutsche, vergebens; Bildet, ihr konnt es, dafur freier zu Menschen euch aus. (Abandonad toda esperanza de constituiros en una nación, alemanes; mejor será que os desarrolléis - y podéis hacerlo - más libremente como seres humanos). En estas dos citas se encuentran resumidas las nociones generales probablemente más extendidas acerca de Alemania y los alemanes, aunque, por supuesto, Goethe y Schiller no podían predecir que esta desunión no sería para siempre, como da a entender la segunda cita. Es Alemania una nación rezagada que se unió demasiado tarde y aún nuca completamente, pues Austria nunca ha pertenecido a Alemania salvo un breve período durante los años nazis. Es ésta una nación que daría nacimiento al epítome de la maldad (siempre se omite que Stalin, el autócrata ruso, no deja nada que envidiar a Hitler en este aspecto, pero de momento seguimos la corriente general).
Hasta 1989 la palabra de Alemania se aplicaba a la República Federal de Alemania, u Alemania occidental, con su capital en Bonn. Otros, los menos, también consideraban Alemania a la República Democrática de Alemania o Alemania del Este, con su capital en Berlín Oriental. Pero nadie considera Alemania a Austria o a la parte de Suiza de parla alemana. Si bien la separación declarada y patente de Austria de Alemania data de 1871, la separación de la Suiza germanohablante de resto de los territorios alemanes data de muchos siglos atrás, en concreto, del momento en que se creó el Sacro Imperio (siglo X).
En los tópicos sobre naciones hay un exceso de generalizaciones, simplificaciones, falacias y hechos claramente falsos. Quizá el aspecto más falaz de todas las afirmaciones que normalmente se hacen sobre los alemanes sea el supuesto subyacente de que existe una entidad sencilla, los "alemanes", dotada de una entidad nacional imperecedera que se manifiesta a lo largo de los siglos en toda la trayectoria de una tortuosa historia nacional. La realidad es mucho más compleja. Pese a que Alemania se extiende por un territorio casi en su totalidad llano, existe una complejidad geográfica y toda una variedad de pueblos que hablan variedades locales distintas del idioma alemán. Esta diversidad lingüística ha sido siempre causada por la distinta variedad de regímenes políticos que hubieron en el pasado.
A diferencia del Imperio Romano que anuló otros idiomas no latinos, empezando por el etrusco y siguiendo por todos las demás lenguas habladas en los territorios conquistados, como por ejemplo los diferentes idiomas celtas, imponiendo una uniformidad lingüística y cultural en todo el imperio, los alemanes disfrutaban de (o eran castigados por) una variedad en sus diferentes dialectos terrible.
Mientras la historia de Alemania se extiende hasta la más remota antigüedad, es importante recordar que el país tan solo se unió en 1871, casi un siglo después que Estados Unidos (1776) y más de medio siglo después que lo hicieran muchos países latinoamericanos (Colombia, Argentina y Chile, 1810; Paraguay, 1811; Perú, 1812; México, 1813; Ecuador, 1820; Venezuela, 1821; Bolivia, 1825; Uruguay, 1828). Localizada en el centro y corazón de Europa pero sin fronteras naturales, Alemania ha experimentado siglos de inmigración, confrontación y negociación. A consecuencia de todo lo anterior, sus partes constituyentes han cambiado una y otra vez y algunos territorios han formado parte de Alemania en algún momento y en otros no. Así pues, las fronteras alemanas han sido siempre inestables corriéndose casi siempre en sentido este-oeste. Otto von Bismarck unificó la mayor parte de los territorios de habla alemana en 1871 (pero con la importante excepción de Austria) en el llamado Imperio alemán (también llamado Segundo Imperio [o Reich] alemán). Por ejemplo, Alemania después de la Primera Guerra Mundial perdió aproximadamente el 10 por ciento de su territorio a beneficio de sus países vecinos. Se formó entonces la República de Weimar, que incluyó territorios al este de las fronteras actuales, sobre todo de Prusia Oriental, hoy pertenecientes a Polonia, Lituania y la Federación Rusa. Tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 se produjo la última pérdida de territorio a favor de los tres países arriba mencionados, pero además, Alemania fue dividida en dos partes, una, la menor y al este, fue incluida a la fuerza en el mundo soviético y la otra, la occidental y más grande, en el mundo capitalista. Dos Alemanias diferentes en dos mundos completamente opuestos y separados como el agua y el aceite. La fragmentación y la división en estados diferentes ha sido la norma).
Por su situación en el centro de Europa y sin límites físicos, el área conocida hoy como Alemania ha sido objeto a lo largo de su historia de un flujo interminable de migrantes (tanto flujos de entrada como de salida). Los paleontólogos han encontrado restos de habitaciones de homínidos desde hace casi 50 millones de años atrás, pero el primer resto humano fue la mandíbula Mauer 1 de hace unos 600.000 años atrás. En el sur de Alemania se encontró el más viejo y completo equipo de armas de caza en Schöningen, Baja Sajonia. Durante la última Edad de Hielo, parientes extintos de los actuales seres humanos llamados Neandertales (por el valle alemán donde sus restos fueron descubiertos por primera vez), fueron los primeros inmigrantes en la región. Hace unos 40.000 años a ellos se les unieron otro grupo de migrantes, los primeros humanos conocidos como cromañones u Homo Sapiens y que vivieron, entre otros lugares, en el área que comprende la actual Alemania. Hay que señalar que varios de los más importantes y recientes descubrimientos han sido hallados en Alemania en los últimos años. Por ejemplo, parece que Suabia, en el sur de Alemania, fue donde los primeros seres humanos descubrieron la música, hace unos 35.000 años.
Durante la Edad de Bronce los pueblos celtas migraron al área en el tercer milenio antes de Cristo y construyeron su propia y extensa civilización en el centro de Europa y que duró varios siglos.
Las tribus germánicas procedentes de las penínsulas de Jutlandia y Escandinavia así como del norte de la actual Alemania se dispersaron, en el siglo I antes de NE (Nuestra Era) y por razones desconocidas en las direcciones sur, este y oeste. Allí entraron en contacto con varios pueblos distintos, como los celtas (especialmente los galos), los alanos (pueblo de origen iranio), los pueblos bálticos (como los prusios) y eslavos, pero especialmente con los griegos y los romanos, los únicos que conocían la escritura en la Europa de entonces y, gracias a ellos, tenemos registros históricos, aunque escasos, de su existencia. El encontronazo con los romanos fue especialmente hostil. Aunque los conflictos entre los muy bárbaros pueblos bárbaros y los muy sofisticados romanos empezaron en el siglo I antes de NE, fue durante el Período Migratorio, entre el 300 y el 500 de NE cuando los conflictos entre las dos culturas se agravaron.
Durante los siglos siguientes, esas belicosas tribus germánicas suplantaron a los celtas que vivían en el actual territorio alemán y establecieron fronteras con el Imperio Romano hasta los límites de los ríos Rin y Danubio. Sin duda hubo una fusión entre genética entre ambos grupos de pueblos, así como los celtas se integraron con los habitantes anteriores, pero ya que ambos eran pueblos de origen indoeuropeo, es decir, tenían un antepasado común, el pueblo que nosotros llamamos protoindoeuropeo, esa mezcla de ambos grupos de pueblos era, sin duda, una vuelta a los orígenes. La gran diferencia era que predominaron las lenguas germánicas sobre las celtas, que todos sabemos que solo sobrevivieron hasta época reciente en el cuadrante noroeste de Europa.
Bajo el reinado de Augusto, los romanos empezaron a invadir Germania, básicamente un área extensa dominada por estos pueblos que se extendía de este a oeste desde los Urales al río Rin, pero siempre al norte del Danubio. Pero en el año 9 de NE, tres legiones romanas al mando de Publio Quintilio Varo fueron derrotadas y masacradas por una alianza de tribus germánicas dirigidas por Arminio. Fue la batalla del bosque de Teutoburgo. Desde entonces nunca más los romanos intentaron conquistar Germania.
Para los romanos, los fieros pueblos que habitaban al otro lado de sus fronteras, habitantes de una tierra sombría a la que llamaban Germania, eran bárbaros aterradores inclinados a la destrucción. Sin embargo, los expertos modernos presentan un cuadro diferente de las tribus germánicas, acentuando el papel que desempeñaron en la creación de la civilización híbrida que prevaleció en la Europa medieval después del colapso de la administración romana.
En el siglo III aparecieron unas nuevas tribus germánicas en las limes (fronteras) del Imperio Romano: alamanes, francos, sajones, frisos, catos, sicambrios y turingios, que se unieron a denominaciones anteriores como los vándalos, cimbrios, teutones, ambrones, queruscos y otros más.
Nunca han estado claras del todo las causas de la desaparición del Imperio Romano de Occidente pero es indudable que, entre las numerosas que se citan, las llamadas invasiones bárbaras jugaron un papel de cierta importancia. A este respecto hay que recordar que los distintos pueblos germánicos fueron empujados a desplazarse más al sur por las invasiones de los hunos en el año 375.
El Imperio alcanzó su extensión máxima en el año 117 (a partir de entonces ya no hubieron más conquistas territoriales) y las pérdidas de extensión comenzaron en el año 386 con una invasión a gran escala de los godos (un pueblo germánico) y otros pueblos. Cuando en el año 476 Odoacro, líder de la tribu romana de los hérulos, destituyó al último emperador romano de occidente Rómulo Ausgústulo (475-476) que entonces era un adolescente de 15 años de edad. Los invasores germánicos impusieron su autoridad en una buena parte del Imperio. Odoacro reclamó que se le considerara rey de Italia, pero al enviar las insignias imperiales de occidente al emperador de oriente Zenon, con ello dio formalmente terminado el Imperio Romano de Occidente, pero si se hubiese declarado él mismo como emperador de occidente o hubiera nombrado un títere para el cargo máximo ejerciendo realmente él todo el poder, formalmente el Imperio Romano de Occidente hubiera sobrevivido unos siglos más, aunque el poder real estuviese en manos germánicas. Pero al contrario, al devolver las insignias imperiales de occidente a Zenón, reconoció la autoridad de éste sobre la parte oriental del Imperio. Y con este sencillo pero emotivo acto se dio por terminado formalmente el Imperio Romano de Occidente.
Después del colapso de la autoridad romana en las provincias occidentales a fines del siglo quinto, uno de estos pueblos germánicos, los francos, pusieron poco a poco a otras tribus germánicas bajo su autoridad y cristianizaron a las demás tribus paganas de la región. Los gobernantes francos, incluyendo a Carlomagno, se consideraban herederos de los emperadores romanos.
Los herederos de Carlomagno se disputaron, tras su muerte en el año 814, los distintos territorios que componía el Imperio carolingio y, sus tres nietos, Lotario I, Luis el Germánico y Carlos el Calvo pusieron fin a los enfrentamientos llegando a un acuerdo en el Tratado de Verdún en el 843. El Imperio Carolingio se dividió en tres zonas: Francia Occidental (que le correspondió a Carlos el Calvo), Francia Media (para Ludovico Pío) y Francia Oriental (para Luis el Germánico). Aunque la Francia Media contenía territorios que hoy están incluidos en Alemania, también incluía otros que pertenecían a otros estados modernos, a saber, Francia, Luxemburgo, Bélgica, Suiza e Italia. Así pues, se considera a Francia Oriental como el primer estado totalmente alemán. Y Francia Oriental es, además, el germen del Sacro Imperio, pero este incluyó durante una buena parte de su existencia territorios que nunca hablaron alemán, como el norte de Italia o las islas de Córcega y Cerdeña, que hoy forman parte de Francia e Italia.
Durante la época medieval y el principio de la era moderna, la estructura imperial proporcionó a los fragmentados territorios alemanes un marco legal y administrativo al tiempo que preservaba la libertad y losderechos privilegios de cientos de príncipes alemanes y ciudades. Sin embargo, la unidad del Sacro Imperio fue convulsionada durante el siglos XVI por la protesta de Martín Lutero contra la Iglesia católica. Este suceso dramático, un punto sin retorno, dividió a Alemania y a toda Europa entre dos campos confesionales rivales. El punto culminante de este enfrentamiento religioso se alcanzó en el siglo XVII, cuando la Guerra de los Treinta Años hundió a Europa en décadas de guerra y miseria. Además, el centro de Europa se convirtió en el escenario de ruinosas luchas entre las monarquías europeas por la primacía en el continente. Aunque se mantuvo el imperio, los distintos ejércitos mercenarios devastaron el suelo alemán y amplias zonas de él quedaron casi despobladas por completo. La Guerra de los Treinta Años disminuyó considerablemente el poder y el prestigio del emperador y destruyó el delicado e inestable balance la autoridad imperial y los distintos poderes territoriales. De este modo, el imperio no funcionó más como una confederación de principados, sino más bien como una arena de lucha por el dominio entre unos pocos y poderosos príncipes. En esta competencia, el centralizado y militarizado estado de Prusia emergió como un poder dominante en el norte de Alemania, con una Austria, el hogar ancestral de los emperadores Habsburgos, el principado más poderoso en el sur, que acabaría deviniendo en el Imperio Austrohúngaro. En él nació Adolf Hitler. Estos desarrollos tendrían unas consecuencias negativas para Alemania en la era moderna conforme el nacionalismo alemán tomó un matiz autocrático y militarista prusiano (a pesar de que Hitler era de origen austriaco).
El siglo XIX se inauguró prácticamente con las guerras napoleónicas. Todo el mundo solemos ver los acontecimientos más recientes de nuestra vida como más importante que los más antiguos. Esta desviación temporal, de la cual los psicólogos sabrán mucho, también se aplica a la historia. La Guerra de los Treinta Años fue muy cruel, terriblemente cruel, así como las guerras desencadenadas por Napoleón en casi toda Europa, pero solemos verlas como una tontería, como una nimiedad frente a la Segunda Guerra Mundial, los campos de exterminio nazi de judíos, gitanos, homosexuales y opositores políticos al nazismo. Sin embargo, ambas guerras fueron muy trágicas en su época.
Napoleón llegó hasta Moscú y para ello pasó por territorio alemán. Prácticamente lo conquistó todo. Prusia desde el primer momento logró evitar lo peor mostrando una actitud pacífica ante Napoleón (firmó la Paz de Basilea y abandonó la Primera Coalición el 5 de abril de 1795). El 18 de julio de 1815, veinte años después, Prusia combatió contra las tropas napoleónicas en la Batalla de Waterloo junto al Reino Unido, Rusia y Austria en el marco de la Séptima y última Coalición. En esos veinte años hay una evolución increíble. Si bien en 1815 parece a simple vista que Austria era la potencia dominante en el suelo continental europeo, en 1866, apenas 51 años después, Prusia derrota a Austria con suma facilidad. A partir de ese momento, el ascenso de Prusia (y el estancamiento francés) es imparable. En los años 1870 y 1871 Prusia y Francia se enfrentan en una guerra en la que el primer país sale vencedor. En 1871 se produce la ansiada unidad alemana, de la que Austria queda fuera. Formalmente es un imperio donde el emperador es el mismo rey de Prusia y hay otros reyes bajo su mando, como el rey de Baviera, y príncipes y duques, y hasta algún obispo, pero en realidad es un país bajo un poder autocrático y de orden militarista. Solo hubo tres emperadores alemanes: Guillermo I (1861 - 1871), Federico III (9 de marzo de 1888 - 15 de junio de 1888) y Guillermo II (1888 - 1918). A este último se le adjudica en última instancia la responsabilidad de la I Guerra Mundial. De hecho fue reclamado internacionalmente para ser juzgado por ello pero logró evitar la persecución refugiándose donde murió en el exilio.
Así como la Revolución Francesa dio como resultado una coalición internacional para cortar de raíz el mal revolucionario, la Revolución Rusa generó otra coalición internacional, pero esta vez no declarada formalmente, como si lo fue la Primera Coalición contra Bonaparte. Mientras crecían los reclamos de parte del movimiento obrero (casi siempre se ignora que para los anarquistas la Unión Soviética nunca fue un modelo) para implantar un modelo similar en otros países europeos. En Alemania se produjo varios intentos de implantar por la fuerza un sistema comunista, pero fueron rápidamente suprimidos. Rosa Luxemburgo tomó parte en el intento revolucionario de enero de 1919 de Berlín, a consecuencia del cual fue capturada, torturada y asesinada por el ejército alemán, junto a otros cientos de alemanes comunistas. En Munich, donde entonces vivía un anodino y desconocido exsoldado llamado Adolf Hitler se instaló una efímera y breve República Soviética de Baviera.
La Segunda Guerra Mundial empezó en 1918 y no en 1939 como normalmente se dice. El llamado "período de entreguerras" no fue más que una tregua en un largo conflicto bélico que empezó el 28 de julio de 1914 y terminó en Europa el 8 de mayo de 1945. En Europa no hubo una verdadera paz. A Alemania se le impusieron condiciones leoninas que de ninguna manera podía pagar. Además se le sustrajo una buena parte de su territorio nacional, las más ricas en recursos minerales. Esto creó una animadversión alemana contra Francia, primordialmente, pues fue este país el que convenció a los demás de imponer tan duras sanciones. Además, como Alemania fue derrotada pero nunca invadida por los vencedores (salvo las zonas incautadas, por supuesto), se produjo una sensación en el país, contraria a los hechos reales, de que realmente no hubo una derrota militar, sino que la derrota militar no fue culpa de los militares sino de los políticos. Se le llamó la puñalada por la espalda. Esta opinión, totalmente contradictoria con los hechos, fue mantenida por la derecha que, obviamente, sintonizaba con los militares. Y claro, como la derecha mantenía y publicaba en sus medios esta opinión, la culpa solo podía ser de los socialdemócratas, socialistas, comunistas, anarquistas y pacifistas. Los responsables de declarar la guerra, la derecha prusiana militarista, imperialista y extremadamente conservadora, apoyada por la derecha conservadora de otras regiones, eran absueltos en sus propios medios y culpabilizaban (valga la palabra) al resto de los ciudadanos de su sangrienta política.
Al de por sí ambiente político enrarecido se sumó la lenta recuperación económica después de la PGM. Europa en casi su totalidad (18 países), dándole un índice de producción industrial de 100 en 1913, en 1925 alcanzó una producción de 103,5, mientras que para Estados Unidos el mismo número índice alcanzó 148 y en el mundo en su conjunto llegó a 121,6. Japón en 1925 tenía un índice de 122, lo que sin duda influyó en la política agresiva nipona en Asia en los años siguientes.
Fueron aquellos unos años en que el centro de la actividad económica se desplazó de Europa y el Atlántico a América del Norte, Asia, Oceanía y el Océano Pacífico. Fue el inicio de la decadencia económica europea. Fueron necesarios siete años para que Europa recuperara el nivel de producción de 1913. Además, la tasa de recuperación fue muy desigual según los países. La zona más castigada por la fuerte recesión económica (excluida la Unión Soviética que fue la que, con gran diferencia, más fuerte la sufrió) fue Europa central y oriental. La producción industrial y minera en esa zona del continente europeo, que incluye a Alemania, Austria, Bulgaria, Checoslovaquia, Estonia, Finlandia, Grecia, Hungría, Letonia, Polonia, Rumanía y Yugoslavia, era en 1925 un 87% del del 1913, mientras que la de los aliados vencedores y los países neutrales fue del 114,9 y 111,4, respectivamente. Es evidente que los países del Eje y Europa oriental sufrieron más las consecuencias económicas de la guerra y su recuperación fue mucho más lenta. Tan solo la Unión Soviética tuvo en todo el mundo unos índices peores, y eso fue en parte consecuencia de la guerra civil de rojos contra blancos que asoló este país entre 1917 y 1923.
Siguiendo con las estadísticas, registramos la tasa de crecimiento de la producción por hora hombre de doce países en dos períodos: en el primer período, 1870 - 1913, Alemania registra un crecimiento del 2,1% anual, que supera al de RU con 1,5% pero se ve superada por EE UU (2,3%). Además, Suecia (2,7%) y Dinamarca (2,5%) superan a Alemania. Sin embargo, en el segundo período que va de 1913 a 1929, Alemania registra la peor tasa de crecimiento de los 12 país, con un 0,8%, mientras que Suiza (3,2%), Noruega (3,0%), Estados Unidos y Francia, ambas con el 2,8% cada una, registran los mayores crecimientos.
Hay que hacer notar que mientras Francia registraba en el período 1870 - 1713 un crecimiento de la producción por hora hombre del 1,8%, en el período 1913 - 1929 registraba un crecimiento un punto porcentual mayor, pero la misma estadística da una debacle para Alemania. Coincidencia o no, durante el segundo período Alemania estuvo obligada a pagar indemnizaciones de guerra a Francia, y además, Francia obligó a los alemanes que habitaban las zonas alemanas que ocupó a trabajar con unos salarios muy bajos y apropiándose de todos los rendimientos, beneficios e impuestos que producían, que eran muchos. De este modo se ve con bastante claridad que los humillantes términos del Tratado de paz de Versalles no solo humillaron a los alemanes y amenazó la existencia del precario régimen democrático de Weimar, sino que además provocó un largo estancamiento económico que, unido a la Gran Depresión de los años 30, provocó un resultado económico terrible desde 1918 hasta 1932. Estas terribles condiciones auspiciaron la subida al poder del que, de no mediar dichas circunstancias favorables, no hubiera sido más que un líder regional de extrema derecha de Baviera de origen austriaco, un cabo de la Primera Guerra Mundial que había huido de su país por causas desconocidas, probablemente por no hacer el servicio militar obligatorio: Adolf Hitler. Y esa responsabilidad cae del lado de Francia, que hizo todo lo posible para que Alemania pagara con su inmenso sacrificio el precio de la derrota en la Primera Guerra Mundial.
La historia de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial es más conocida: Alemania fue dividida en dos países, el oriental pertenecía al bloque soviético y el occidental al mundo capitalista.
En el plano económico, sin duda el más importante después de los devastadores bombardeos aliados sufridos en sus ciudades e industrias, la primera idea que tuvieron los aliados fue la de desmantelar la industria de fabricación de armamento y la industria pesada y prohibir a Alemania la fabricación de armas. Fue lo que se llamó Plan Morgenthau. Este plan, además, pretendía dividir a Alemania en varios país entres países, además de entregar zonas amplias de Alemania con riquezas de carbón y mineral de hierro a Polonia (Silesia), Francia (Sarre) y otra tercera (Ruhr) que sería una zona internacional.
Durante la guerra los alemanes usaron los recursos de los países que ocuparon y obligaron a millones de trabajadores de esos países a trabajar en empresas alemanas, especialmente las de armamento y las industrias básicas. Esta gente (sobre todo eran personas de países eslavos: rusos, polacos, etc.) vivía en condiciones infrahumanas ya que eran considerados como subhumanos (untermensch) y era muy mal alimentados. En la República Federal de Alemania, cuando acabó la guerra en 1945, a los alemanes, fueran o no nazis, estaban sometidos a un régimen similar de comidas. El ejército norteamericano envió grandes cargamentos de comida para alimentar a 7,7 millones de prisioneros de guerra - mucho más de lo esperado - así como a la población alemana en general. Durante varios años después de finalizada la guerra, los niveles nutricionales alemanes era bajos. Los alemanes no estaban en el lugar más alto de la lista de ayuda internacional, como si lo estaban las víctimas de los nazis. Se ha calculado que durante 1945 los alemanes que vivían en las zonas británicas y estadounidense recibían una comida de 1.200 kilocarías diarias en raciones oficiales, pero en este cálculo no se tienen en cuenta la comida que obtenían ellos mismos de sus cultivos o conseguían en el mercado negro. A principios de octubre de 1945 el gobierno privado reconoció privadamente en nuna reunión del gabinete que la tasa de mortalidad de adultos alemanes era cuatro veces mayor que antes de la guerra y la misma tasa para la población infantil era diez veces mayor. La situación empeoró durante el frío invierno de 1946-47, donde la ración alimenticia descendió al rango de 1.000 a 1.500 kilocalorías/día, añadida a la escasez de combustible para para calentar las casas.
Y entonces vino el gran milagro económico alemán. Entre 1949 y 1960 la economía creció a una tasa sin precedentes. Bajas tasas de inflación, subidas salariales modestas y un rápido aumento de las exportaciones lo hicieron posible. La media de crecimiento entre 1950 y 1960 fue del 7% de media, un crecimiento muy alto solo superado por Japón y, más recientemente, China. Sin duda, si hubo un gran artífice en las altas esferas de poder al que podamos achacar el milagro éste fue sin duda Ludwig Erhard. El modelo económico que implantó este canciller se llamó economía social de mercado. Pero no todo fue el resultado del buen hacer de los alemanes. Además de la ayuda alimenticia que hemos reseñado arriba, Alemania recibió la ayuda del Plan Marshall.
Los años que siguieron hasta la reunificación son quizá los mejor conocidos de la historia alemana: crecimiento económico, liderazgo industrial y tecnológico (los productos alemanes compiten en calidad y tecnología con los estadounidenses y japoneses) y, más tarde, Alemania se transforma en punta de lanza de las instituciones europeas: Unión Europea y eurozona.
En cuanto a la antigua zona de ocupación soviética, desde el 7 de octubre de 1949 se transformó en la República Democrática de Alemania, una república donde la democracia solo estaba en el nombre. Stalin impuso un sistema comunista de economía estatal y centralizada donde las decisiones económicas bajaban de las altas esferas hasta los diversos estamentos que debían aplicarlas, mientras en la república federal se adoptó una economía mixta de mercado, donde el estado tiene un papel importante. La Stasi consigue que los alemanes del este más fielmente comunistas vigilen al resto de la población. Nadie podía hablar en voz alta en contra del régimen por si había un confidente de la Stasi cerca. La República Federal se unió a la OTAN en 1955 y fue miembro fundador de la Comunidad Económica Europea en 1957.
Alemania del este, junto a muchos países de la Europa oriental, fue un país creado por la Unión Soviética a imagen y semejanza suya. Si bien la Alemania oriental llegó a poseer cuando estaba a punto de desaparecer la economía más desarrollada de todos los países de Europa oriental bajo la bota de la Unión Soviética, tenía un considerable retraso con respecto a la parte occidental.
Y llegamos al 9 de noviembre de 1989, día en que cayó el Muro de Berlín y se reunificaron las dos Alemanias. Con él cayó la República Democrática de Alemania. Lo que sigue fue el desmantelamiento de su anticuada industria y la llegada de fenómenos que los orientales desconocían como el desempleo. La RDA dejó de existir y sus tierras y habitantes se integraron en la RFA. No se creó un nuevo país de los dos, sino que el más pequeño y anticuado desapareció y se integró en el más moderno y grande: la reunificación de Alemania, 118 años después de la unificación de 1871. Los dos países estuvieron separados 44 años.
Las consecuencias económicas de la reunificación fueron importantes: la productividad de la RDA en 1989 era un tercio de la de la RFA, pero los salarios se unificaron para evitar una fuerte emigración en sentido este-oeste. Esto implicaba que eran necesarios tres veces más recursos para fabricar un producto determinado en el este que en el oeste. Además las deudas se revalorizaron a la nueva moneda, con lo que muchas empresas vieron aumentar sus deudas y quebraron. En 1992 el desempleo alcanzó el 15% en el territorio de la ex-RDA, el porcentaje más alto desde la depresión de los años 30. Para contrarrestar los efectos negativos de esta política, el gobierno federal asumió la seguridad social (los trabajadores del este entre 55 y 65 años fueron prejubilados), las prestaciones sociales por desempleo y la inversión públicas en infraestructuras. Todo esto combinado produjo un desmesurado aumento de la deuda pública teutona.
Para que la deuda pública no creciera en demasía, se implantó en 1991 un nuevo impuesto denominado "Recargo de Solidaridad" que gravaba con el 3,75% en el impuesto sobre la renta, las ganancias de capital y el impuesto de sociedades. En 1995 este recargo fue elevado al 7,5% y desde 1998 se mantiene en el 5,5%. En la década de los 90 se elevaron también varios impuestos indirectos, en concreto sobre los combustibles fósiles, el tabaco y los seguros.
Durante los primeros 20 años, el coste de la reunificación se ha estimado en 2 billones de euros (media de 100 millones de euros al año). Para compararlo, en aquellos años el PIB español (lo que los españoles producimos en un año) era de poco menos de 1 billón de euros.
Aunque han disminuido, las diferencias económicas entre el este y el oeste aún persisten. "El proceso de la unificación alemana aún no ha terminado", aseguró Angela Merkel, que creció en la Alemania oriental, en 2009.
En términos de la mentalidad de la gente, la división entre las dos Alemanias aún sigue presente en la mente de muchos alemanes, especialmente en la gente de más edad. La brecha mental entre el este y el oeste aún persisten, pero también crece la simpatía. En 2018, momento en que escribo esto, 29 años años después de la reunificación, la gente joven de ambos lados de la antigua frontera apenas recuerda nada de la existencia de la RDA. Hay que tener en cuenta que un chico que en 1989 tuviera 15 años (nacido pues en 1974), hoy tiene 44 años pero recuerda mil veces más cosas después de los 15 años que antes. Digamos que la gente que ahora tiene 55 años o más tiene unos recueros bastante correctos de la RDA.
Cuando en el siglo XXI parece que los problemas de la reunificación van quedando poco a poco atrás, aparecen nuevos problemas: el terrorismo islámico, la inmigración descontrolada, el ascenso de la extrema derecha antieuropea, etc. Pero Alemania sigue siendo cada vez más la punta de lanza de la industria de la alta tecnología. Cada nueva tecnología que aparece, como la energía solar, la eólica, la producción de drones, etc., el país está en la vanguardia al nivel de los países más grandes y poderosos del mundo.
Estas limitaciones son, en parte, debidas a la naturaleza de la historia escrita, que no puede limitarse a transmitir unos hechos comúnmente aceptados, sino que debe responder más bien a un proceso de imposición de orden en la masa de material - y en las interpretaciones de dicho material - que nos llega desde el pasado. Pero en el caso de una historia concisa de Alemania como ésta, resulta especialmente cierto el hecho de que se deben tomar decisiones drásticas respecto a lo que se selecciona y se omite. En lo relativo al espacio dedicado a las diferentes épocas, este libro funciona de acuerdo con el principio de la perspectiva: los objetos más cercanos al observador son más grandes y se perciben en mayor detalle que las difusas vistas generales de los horizontes lejanos. Así, a medida que nos acercamos al presente, los capítulos van tratando períodos de tiempo cada vez más cortos. En esto, como en todo libro de historia que trata de períodos temporales muy largos, influye la abundancia de fuentes bibliográficas. Es indudable que sobre el siglo XX hay mucha más información escrita, tanto de fuentes originales como secundarias, que sobre el siglo XV, por ejemplo. Y también hay un tercer factor: como este libro va dirigido al lector poco o nada conocedor del tema y no a especialistas de historia de un período determinado, los acontecimientos interesan más cuanto más reciente son. Así, por ejemplo, tenemos claro que dentro de la historia del siglo XX, interesa mucho más la de la Segunda Guerra Mundial que la historia de la Primera Guerra Mundial.
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En un verso famoso y muy citado, los dos célebres escritores alemanes Goethe y Schiller plantearon la pregunta que ha constituido el núcleo de gran parte de la historia alemana: Deutschland? Aber wo liegt es? Ich weiss das Land nicht zu finden. (¿Alemania? Pero ¿donde está? Yo no sé encontrarla). Más adelante apuntaban concisamente a otro de los problemas de los alemanes de su época: Zur Nation euch zu bilden, ihr hoffet es, Deutsche, vergebens; Bildet, ihr konnt es, dafur freier zu Menschen euch aus. (Abandonad toda esperanza de constituiros en una nación, alemanes; mejor será que os desarrolléis - y podéis hacerlo - más libremente como seres humanos). En estas dos citas se encuentran resumidas las nociones generales probablemente más extendidas acerca de Alemania y los alemanes, aunque, por supuesto, Goethe y Schiller no podían predecir que esta desunión no sería para siempre, como da a entender la segunda cita. Es Alemania una nación rezagada que se unió demasiado tarde y aún nuca completamente, pues Austria nunca ha pertenecido a Alemania salvo un breve período durante los años nazis. Es ésta una nación que daría nacimiento al epítome de la maldad (siempre se omite que Stalin, el autócrata ruso, no deja nada que envidiar a Hitler en este aspecto, pero de momento seguimos la corriente general).
Hasta 1989 la palabra de Alemania se aplicaba a la República Federal de Alemania, u Alemania occidental, con su capital en Bonn. Otros, los menos, también consideraban Alemania a la República Democrática de Alemania o Alemania del Este, con su capital en Berlín Oriental. Pero nadie considera Alemania a Austria o a la parte de Suiza de parla alemana. Si bien la separación declarada y patente de Austria de Alemania data de 1871, la separación de la Suiza germanohablante de resto de los territorios alemanes data de muchos siglos atrás, en concreto, del momento en que se creó el Sacro Imperio (siglo X).
En los tópicos sobre naciones hay un exceso de generalizaciones, simplificaciones, falacias y hechos claramente falsos. Quizá el aspecto más falaz de todas las afirmaciones que normalmente se hacen sobre los alemanes sea el supuesto subyacente de que existe una entidad sencilla, los "alemanes", dotada de una entidad nacional imperecedera que se manifiesta a lo largo de los siglos en toda la trayectoria de una tortuosa historia nacional. La realidad es mucho más compleja. Pese a que Alemania se extiende por un territorio casi en su totalidad llano, existe una complejidad geográfica y toda una variedad de pueblos que hablan variedades locales distintas del idioma alemán. Esta diversidad lingüística ha sido siempre causada por la distinta variedad de regímenes políticos que hubieron en el pasado.
A diferencia del Imperio Romano que anuló otros idiomas no latinos, empezando por el etrusco y siguiendo por todos las demás lenguas habladas en los territorios conquistados, como por ejemplo los diferentes idiomas celtas, imponiendo una uniformidad lingüística y cultural en todo el imperio, los alemanes disfrutaban de (o eran castigados por) una variedad en sus diferentes dialectos terrible.
Mientras la historia de Alemania se extiende hasta la más remota antigüedad, es importante recordar que el país tan solo se unió en 1871, casi un siglo después que Estados Unidos (1776) y más de medio siglo después que lo hicieran muchos países latinoamericanos (Colombia, Argentina y Chile, 1810; Paraguay, 1811; Perú, 1812; México, 1813; Ecuador, 1820; Venezuela, 1821; Bolivia, 1825; Uruguay, 1828). Localizada en el centro y corazón de Europa pero sin fronteras naturales, Alemania ha experimentado siglos de inmigración, confrontación y negociación. A consecuencia de todo lo anterior, sus partes constituyentes han cambiado una y otra vez y algunos territorios han formado parte de Alemania en algún momento y en otros no. Así pues, las fronteras alemanas han sido siempre inestables corriéndose casi siempre en sentido este-oeste. Otto von Bismarck unificó la mayor parte de los territorios de habla alemana en 1871 (pero con la importante excepción de Austria) en el llamado Imperio alemán (también llamado Segundo Imperio [o Reich] alemán). Por ejemplo, Alemania después de la Primera Guerra Mundial perdió aproximadamente el 10 por ciento de su territorio a beneficio de sus países vecinos. Se formó entonces la República de Weimar, que incluyó territorios al este de las fronteras actuales, sobre todo de Prusia Oriental, hoy pertenecientes a Polonia, Lituania y la Federación Rusa. Tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 se produjo la última pérdida de territorio a favor de los tres países arriba mencionados, pero además, Alemania fue dividida en dos partes, una, la menor y al este, fue incluida a la fuerza en el mundo soviético y la otra, la occidental y más grande, en el mundo capitalista. Dos Alemanias diferentes en dos mundos completamente opuestos y separados como el agua y el aceite. La fragmentación y la división en estados diferentes ha sido la norma).
Por su situación en el centro de Europa y sin límites físicos, el área conocida hoy como Alemania ha sido objeto a lo largo de su historia de un flujo interminable de migrantes (tanto flujos de entrada como de salida). Los paleontólogos han encontrado restos de habitaciones de homínidos desde hace casi 50 millones de años atrás, pero el primer resto humano fue la mandíbula Mauer 1 de hace unos 600.000 años atrás. En el sur de Alemania se encontró el más viejo y completo equipo de armas de caza en Schöningen, Baja Sajonia. Durante la última Edad de Hielo, parientes extintos de los actuales seres humanos llamados Neandertales (por el valle alemán donde sus restos fueron descubiertos por primera vez), fueron los primeros inmigrantes en la región. Hace unos 40.000 años a ellos se les unieron otro grupo de migrantes, los primeros humanos conocidos como cromañones u Homo Sapiens y que vivieron, entre otros lugares, en el área que comprende la actual Alemania. Hay que señalar que varios de los más importantes y recientes descubrimientos han sido hallados en Alemania en los últimos años. Por ejemplo, parece que Suabia, en el sur de Alemania, fue donde los primeros seres humanos descubrieron la música, hace unos 35.000 años.
Durante la Edad de Bronce los pueblos celtas migraron al área en el tercer milenio antes de Cristo y construyeron su propia y extensa civilización en el centro de Europa y que duró varios siglos.
Las tribus germánicas procedentes de las penínsulas de Jutlandia y Escandinavia así como del norte de la actual Alemania se dispersaron, en el siglo I antes de NE (Nuestra Era) y por razones desconocidas en las direcciones sur, este y oeste. Allí entraron en contacto con varios pueblos distintos, como los celtas (especialmente los galos), los alanos (pueblo de origen iranio), los pueblos bálticos (como los prusios) y eslavos, pero especialmente con los griegos y los romanos, los únicos que conocían la escritura en la Europa de entonces y, gracias a ellos, tenemos registros históricos, aunque escasos, de su existencia. El encontronazo con los romanos fue especialmente hostil. Aunque los conflictos entre los muy bárbaros pueblos bárbaros y los muy sofisticados romanos empezaron en el siglo I antes de NE, fue durante el Período Migratorio, entre el 300 y el 500 de NE cuando los conflictos entre las dos culturas se agravaron.
Durante los siglos siguientes, esas belicosas tribus germánicas suplantaron a los celtas que vivían en el actual territorio alemán y establecieron fronteras con el Imperio Romano hasta los límites de los ríos Rin y Danubio. Sin duda hubo una fusión entre genética entre ambos grupos de pueblos, así como los celtas se integraron con los habitantes anteriores, pero ya que ambos eran pueblos de origen indoeuropeo, es decir, tenían un antepasado común, el pueblo que nosotros llamamos protoindoeuropeo, esa mezcla de ambos grupos de pueblos era, sin duda, una vuelta a los orígenes. La gran diferencia era que predominaron las lenguas germánicas sobre las celtas, que todos sabemos que solo sobrevivieron hasta época reciente en el cuadrante noroeste de Europa.
Bajo el reinado de Augusto, los romanos empezaron a invadir Germania, básicamente un área extensa dominada por estos pueblos que se extendía de este a oeste desde los Urales al río Rin, pero siempre al norte del Danubio. Pero en el año 9 de NE, tres legiones romanas al mando de Publio Quintilio Varo fueron derrotadas y masacradas por una alianza de tribus germánicas dirigidas por Arminio. Fue la batalla del bosque de Teutoburgo. Desde entonces nunca más los romanos intentaron conquistar Germania.
Para los romanos, los fieros pueblos que habitaban al otro lado de sus fronteras, habitantes de una tierra sombría a la que llamaban Germania, eran bárbaros aterradores inclinados a la destrucción. Sin embargo, los expertos modernos presentan un cuadro diferente de las tribus germánicas, acentuando el papel que desempeñaron en la creación de la civilización híbrida que prevaleció en la Europa medieval después del colapso de la administración romana.
En el siglo III aparecieron unas nuevas tribus germánicas en las limes (fronteras) del Imperio Romano: alamanes, francos, sajones, frisos, catos, sicambrios y turingios, que se unieron a denominaciones anteriores como los vándalos, cimbrios, teutones, ambrones, queruscos y otros más.
Nunca han estado claras del todo las causas de la desaparición del Imperio Romano de Occidente pero es indudable que, entre las numerosas que se citan, las llamadas invasiones bárbaras jugaron un papel de cierta importancia. A este respecto hay que recordar que los distintos pueblos germánicos fueron empujados a desplazarse más al sur por las invasiones de los hunos en el año 375.
El Imperio alcanzó su extensión máxima en el año 117 (a partir de entonces ya no hubieron más conquistas territoriales) y las pérdidas de extensión comenzaron en el año 386 con una invasión a gran escala de los godos (un pueblo germánico) y otros pueblos. Cuando en el año 476 Odoacro, líder de la tribu romana de los hérulos, destituyó al último emperador romano de occidente Rómulo Ausgústulo (475-476) que entonces era un adolescente de 15 años de edad. Los invasores germánicos impusieron su autoridad en una buena parte del Imperio. Odoacro reclamó que se le considerara rey de Italia, pero al enviar las insignias imperiales de occidente al emperador de oriente Zenon, con ello dio formalmente terminado el Imperio Romano de Occidente, pero si se hubiese declarado él mismo como emperador de occidente o hubiera nombrado un títere para el cargo máximo ejerciendo realmente él todo el poder, formalmente el Imperio Romano de Occidente hubiera sobrevivido unos siglos más, aunque el poder real estuviese en manos germánicas. Pero al contrario, al devolver las insignias imperiales de occidente a Zenón, reconoció la autoridad de éste sobre la parte oriental del Imperio. Y con este sencillo pero emotivo acto se dio por terminado formalmente el Imperio Romano de Occidente.
Después del colapso de la autoridad romana en las provincias occidentales a fines del siglo quinto, uno de estos pueblos germánicos, los francos, pusieron poco a poco a otras tribus germánicas bajo su autoridad y cristianizaron a las demás tribus paganas de la región. Los gobernantes francos, incluyendo a Carlomagno, se consideraban herederos de los emperadores romanos.
Los herederos de Carlomagno se disputaron, tras su muerte en el año 814, los distintos territorios que componía el Imperio carolingio y, sus tres nietos, Lotario I, Luis el Germánico y Carlos el Calvo pusieron fin a los enfrentamientos llegando a un acuerdo en el Tratado de Verdún en el 843. El Imperio Carolingio se dividió en tres zonas: Francia Occidental (que le correspondió a Carlos el Calvo), Francia Media (para Ludovico Pío) y Francia Oriental (para Luis el Germánico). Aunque la Francia Media contenía territorios que hoy están incluidos en Alemania, también incluía otros que pertenecían a otros estados modernos, a saber, Francia, Luxemburgo, Bélgica, Suiza e Italia. Así pues, se considera a Francia Oriental como el primer estado totalmente alemán. Y Francia Oriental es, además, el germen del Sacro Imperio, pero este incluyó durante una buena parte de su existencia territorios que nunca hablaron alemán, como el norte de Italia o las islas de Córcega y Cerdeña, que hoy forman parte de Francia e Italia.
Durante la época medieval y el principio de la era moderna, la estructura imperial proporcionó a los fragmentados territorios alemanes un marco legal y administrativo al tiempo que preservaba la libertad y los
El siglo XIX se inauguró prácticamente con las guerras napoleónicas. Todo el mundo solemos ver los acontecimientos más recientes de nuestra vida como más importante que los más antiguos. Esta desviación temporal, de la cual los psicólogos sabrán mucho, también se aplica a la historia. La Guerra de los Treinta Años fue muy cruel, terriblemente cruel, así como las guerras desencadenadas por Napoleón en casi toda Europa, pero solemos verlas como una tontería, como una nimiedad frente a la Segunda Guerra Mundial, los campos de exterminio nazi de judíos, gitanos, homosexuales y opositores políticos al nazismo. Sin embargo, ambas guerras fueron muy trágicas en su época.
Napoleón llegó hasta Moscú y para ello pasó por territorio alemán. Prácticamente lo conquistó todo. Prusia desde el primer momento logró evitar lo peor mostrando una actitud pacífica ante Napoleón (firmó la Paz de Basilea y abandonó la Primera Coalición el 5 de abril de 1795). El 18 de julio de 1815, veinte años después, Prusia combatió contra las tropas napoleónicas en la Batalla de Waterloo junto al Reino Unido, Rusia y Austria en el marco de la Séptima y última Coalición. En esos veinte años hay una evolución increíble. Si bien en 1815 parece a simple vista que Austria era la potencia dominante en el suelo continental europeo, en 1866, apenas 51 años después, Prusia derrota a Austria con suma facilidad. A partir de ese momento, el ascenso de Prusia (y el estancamiento francés) es imparable. En los años 1870 y 1871 Prusia y Francia se enfrentan en una guerra en la que el primer país sale vencedor. En 1871 se produce la ansiada unidad alemana, de la que Austria queda fuera. Formalmente es un imperio donde el emperador es el mismo rey de Prusia y hay otros reyes bajo su mando, como el rey de Baviera, y príncipes y duques, y hasta algún obispo, pero en realidad es un país bajo un poder autocrático y de orden militarista. Solo hubo tres emperadores alemanes: Guillermo I (1861 - 1871), Federico III (9 de marzo de 1888 - 15 de junio de 1888) y Guillermo II (1888 - 1918). A este último se le adjudica en última instancia la responsabilidad de la I Guerra Mundial. De hecho fue reclamado internacionalmente para ser juzgado por ello pero logró evitar la persecución refugiándose donde murió en el exilio.
Así como la Revolución Francesa dio como resultado una coalición internacional para cortar de raíz el mal revolucionario, la Revolución Rusa generó otra coalición internacional, pero esta vez no declarada formalmente, como si lo fue la Primera Coalición contra Bonaparte. Mientras crecían los reclamos de parte del movimiento obrero (casi siempre se ignora que para los anarquistas la Unión Soviética nunca fue un modelo) para implantar un modelo similar en otros países europeos. En Alemania se produjo varios intentos de implantar por la fuerza un sistema comunista, pero fueron rápidamente suprimidos. Rosa Luxemburgo tomó parte en el intento revolucionario de enero de 1919 de Berlín, a consecuencia del cual fue capturada, torturada y asesinada por el ejército alemán, junto a otros cientos de alemanes comunistas. En Munich, donde entonces vivía un anodino y desconocido exsoldado llamado Adolf Hitler se instaló una efímera y breve República Soviética de Baviera.
La Segunda Guerra Mundial empezó en 1918 y no en 1939 como normalmente se dice. El llamado "período de entreguerras" no fue más que una tregua en un largo conflicto bélico que empezó el 28 de julio de 1914 y terminó en Europa el 8 de mayo de 1945. En Europa no hubo una verdadera paz. A Alemania se le impusieron condiciones leoninas que de ninguna manera podía pagar. Además se le sustrajo una buena parte de su territorio nacional, las más ricas en recursos minerales. Esto creó una animadversión alemana contra Francia, primordialmente, pues fue este país el que convenció a los demás de imponer tan duras sanciones. Además, como Alemania fue derrotada pero nunca invadida por los vencedores (salvo las zonas incautadas, por supuesto), se produjo una sensación en el país, contraria a los hechos reales, de que realmente no hubo una derrota militar, sino que la derrota militar no fue culpa de los militares sino de los políticos. Se le llamó la puñalada por la espalda. Esta opinión, totalmente contradictoria con los hechos, fue mantenida por la derecha que, obviamente, sintonizaba con los militares. Y claro, como la derecha mantenía y publicaba en sus medios esta opinión, la culpa solo podía ser de los socialdemócratas, socialistas, comunistas, anarquistas y pacifistas. Los responsables de declarar la guerra, la derecha prusiana militarista, imperialista y extremadamente conservadora, apoyada por la derecha conservadora de otras regiones, eran absueltos en sus propios medios y culpabilizaban (valga la palabra) al resto de los ciudadanos de su sangrienta política.
Al de por sí ambiente político enrarecido se sumó la lenta recuperación económica después de la PGM. Europa en casi su totalidad (18 países), dándole un índice de producción industrial de 100 en 1913, en 1925 alcanzó una producción de 103,5, mientras que para Estados Unidos el mismo número índice alcanzó 148 y en el mundo en su conjunto llegó a 121,6. Japón en 1925 tenía un índice de 122, lo que sin duda influyó en la política agresiva nipona en Asia en los años siguientes.
Fueron aquellos unos años en que el centro de la actividad económica se desplazó de Europa y el Atlántico a América del Norte, Asia, Oceanía y el Océano Pacífico. Fue el inicio de la decadencia económica europea. Fueron necesarios siete años para que Europa recuperara el nivel de producción de 1913. Además, la tasa de recuperación fue muy desigual según los países. La zona más castigada por la fuerte recesión económica (excluida la Unión Soviética que fue la que, con gran diferencia, más fuerte la sufrió) fue Europa central y oriental. La producción industrial y minera en esa zona del continente europeo, que incluye a Alemania, Austria, Bulgaria, Checoslovaquia, Estonia, Finlandia, Grecia, Hungría, Letonia, Polonia, Rumanía y Yugoslavia, era en 1925 un 87% del del 1913, mientras que la de los aliados vencedores y los países neutrales fue del 114,9 y 111,4, respectivamente. Es evidente que los países del Eje y Europa oriental sufrieron más las consecuencias económicas de la guerra y su recuperación fue mucho más lenta. Tan solo la Unión Soviética tuvo en todo el mundo unos índices peores, y eso fue en parte consecuencia de la guerra civil de rojos contra blancos que asoló este país entre 1917 y 1923.
Siguiendo con las estadísticas, registramos la tasa de crecimiento de la producción por hora hombre de doce países en dos períodos: en el primer período, 1870 - 1913, Alemania registra un crecimiento del 2,1% anual, que supera al de RU con 1,5% pero se ve superada por EE UU (2,3%). Además, Suecia (2,7%) y Dinamarca (2,5%) superan a Alemania. Sin embargo, en el segundo período que va de 1913 a 1929, Alemania registra la peor tasa de crecimiento de los 12 país, con un 0,8%, mientras que Suiza (3,2%), Noruega (3,0%), Estados Unidos y Francia, ambas con el 2,8% cada una, registran los mayores crecimientos.
Hay que hacer notar que mientras Francia registraba en el período 1870 - 1713 un crecimiento de la producción por hora hombre del 1,8%, en el período 1913 - 1929 registraba un crecimiento un punto porcentual mayor, pero la misma estadística da una debacle para Alemania. Coincidencia o no, durante el segundo período Alemania estuvo obligada a pagar indemnizaciones de guerra a Francia, y además, Francia obligó a los alemanes que habitaban las zonas alemanas que ocupó a trabajar con unos salarios muy bajos y apropiándose de todos los rendimientos, beneficios e impuestos que producían, que eran muchos. De este modo se ve con bastante claridad que los humillantes términos del Tratado de paz de Versalles no solo humillaron a los alemanes y amenazó la existencia del precario régimen democrático de Weimar, sino que además provocó un largo estancamiento económico que, unido a la Gran Depresión de los años 30, provocó un resultado económico terrible desde 1918 hasta 1932. Estas terribles condiciones auspiciaron la subida al poder del que, de no mediar dichas circunstancias favorables, no hubiera sido más que un líder regional de extrema derecha de Baviera de origen austriaco, un cabo de la Primera Guerra Mundial que había huido de su país por causas desconocidas, probablemente por no hacer el servicio militar obligatorio: Adolf Hitler. Y esa responsabilidad cae del lado de Francia, que hizo todo lo posible para que Alemania pagara con su inmenso sacrificio el precio de la derrota en la Primera Guerra Mundial.
La historia de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial es más conocida: Alemania fue dividida en dos países, el oriental pertenecía al bloque soviético y el occidental al mundo capitalista.
En el plano económico, sin duda el más importante después de los devastadores bombardeos aliados sufridos en sus ciudades e industrias, la primera idea que tuvieron los aliados fue la de desmantelar la industria de fabricación de armamento y la industria pesada y prohibir a Alemania la fabricación de armas. Fue lo que se llamó Plan Morgenthau. Este plan, además, pretendía dividir a Alemania en varios país entres países, además de entregar zonas amplias de Alemania con riquezas de carbón y mineral de hierro a Polonia (Silesia), Francia (Sarre) y otra tercera (Ruhr) que sería una zona internacional.
Durante la guerra los alemanes usaron los recursos de los países que ocuparon y obligaron a millones de trabajadores de esos países a trabajar en empresas alemanas, especialmente las de armamento y las industrias básicas. Esta gente (sobre todo eran personas de países eslavos: rusos, polacos, etc.) vivía en condiciones infrahumanas ya que eran considerados como subhumanos (untermensch) y era muy mal alimentados. En la República Federal de Alemania, cuando acabó la guerra en 1945, a los alemanes, fueran o no nazis, estaban sometidos a un régimen similar de comidas. El ejército norteamericano envió grandes cargamentos de comida para alimentar a 7,7 millones de prisioneros de guerra - mucho más de lo esperado - así como a la población alemana en general. Durante varios años después de finalizada la guerra, los niveles nutricionales alemanes era bajos. Los alemanes no estaban en el lugar más alto de la lista de ayuda internacional, como si lo estaban las víctimas de los nazis. Se ha calculado que durante 1945 los alemanes que vivían en las zonas británicas y estadounidense recibían una comida de 1.200 kilocarías diarias en raciones oficiales, pero en este cálculo no se tienen en cuenta la comida que obtenían ellos mismos de sus cultivos o conseguían en el mercado negro. A principios de octubre de 1945 el gobierno privado reconoció privadamente en nuna reunión del gabinete que la tasa de mortalidad de adultos alemanes era cuatro veces mayor que antes de la guerra y la misma tasa para la población infantil era diez veces mayor. La situación empeoró durante el frío invierno de 1946-47, donde la ración alimenticia descendió al rango de 1.000 a 1.500 kilocalorías/día, añadida a la escasez de combustible para para calentar las casas.
Y entonces vino el gran milagro económico alemán. Entre 1949 y 1960 la economía creció a una tasa sin precedentes. Bajas tasas de inflación, subidas salariales modestas y un rápido aumento de las exportaciones lo hicieron posible. La media de crecimiento entre 1950 y 1960 fue del 7% de media, un crecimiento muy alto solo superado por Japón y, más recientemente, China. Sin duda, si hubo un gran artífice en las altas esferas de poder al que podamos achacar el milagro éste fue sin duda Ludwig Erhard. El modelo económico que implantó este canciller se llamó economía social de mercado. Pero no todo fue el resultado del buen hacer de los alemanes. Además de la ayuda alimenticia que hemos reseñado arriba, Alemania recibió la ayuda del Plan Marshall.
Los años que siguieron hasta la reunificación son quizá los mejor conocidos de la historia alemana: crecimiento económico, liderazgo industrial y tecnológico (los productos alemanes compiten en calidad y tecnología con los estadounidenses y japoneses) y, más tarde, Alemania se transforma en punta de lanza de las instituciones europeas: Unión Europea y eurozona.
En cuanto a la antigua zona de ocupación soviética, desde el 7 de octubre de 1949 se transformó en la República Democrática de Alemania, una república donde la democracia solo estaba en el nombre. Stalin impuso un sistema comunista de economía estatal y centralizada donde las decisiones económicas bajaban de las altas esferas hasta los diversos estamentos que debían aplicarlas, mientras en la república federal se adoptó una economía mixta de mercado, donde el estado tiene un papel importante. La Stasi consigue que los alemanes del este más fielmente comunistas vigilen al resto de la población. Nadie podía hablar en voz alta en contra del régimen por si había un confidente de la Stasi cerca. La República Federal se unió a la OTAN en 1955 y fue miembro fundador de la Comunidad Económica Europea en 1957.
Alemania del este, junto a muchos países de la Europa oriental, fue un país creado por la Unión Soviética a imagen y semejanza suya. Si bien la Alemania oriental llegó a poseer cuando estaba a punto de desaparecer la economía más desarrollada de todos los países de Europa oriental bajo la bota de la Unión Soviética, tenía un considerable retraso con respecto a la parte occidental.
Y llegamos al 9 de noviembre de 1989, día en que cayó el Muro de Berlín y se reunificaron las dos Alemanias. Con él cayó la República Democrática de Alemania. Lo que sigue fue el desmantelamiento de su anticuada industria y la llegada de fenómenos que los orientales desconocían como el desempleo. La RDA dejó de existir y sus tierras y habitantes se integraron en la RFA. No se creó un nuevo país de los dos, sino que el más pequeño y anticuado desapareció y se integró en el más moderno y grande: la reunificación de Alemania, 118 años después de la unificación de 1871. Los dos países estuvieron separados 44 años.
Las consecuencias económicas de la reunificación fueron importantes: la productividad de la RDA en 1989 era un tercio de la de la RFA, pero los salarios se unificaron para evitar una fuerte emigración en sentido este-oeste. Esto implicaba que eran necesarios tres veces más recursos para fabricar un producto determinado en el este que en el oeste. Además las deudas se revalorizaron a la nueva moneda, con lo que muchas empresas vieron aumentar sus deudas y quebraron. En 1992 el desempleo alcanzó el 15% en el territorio de la ex-RDA, el porcentaje más alto desde la depresión de los años 30. Para contrarrestar los efectos negativos de esta política, el gobierno federal asumió la seguridad social (los trabajadores del este entre 55 y 65 años fueron prejubilados), las prestaciones sociales por desempleo y la inversión públicas en infraestructuras. Todo esto combinado produjo un desmesurado aumento de la deuda pública teutona.
Para que la deuda pública no creciera en demasía, se implantó en 1991 un nuevo impuesto denominado "Recargo de Solidaridad" que gravaba con el 3,75% en el impuesto sobre la renta, las ganancias de capital y el impuesto de sociedades. En 1995 este recargo fue elevado al 7,5% y desde 1998 se mantiene en el 5,5%. En la década de los 90 se elevaron también varios impuestos indirectos, en concreto sobre los combustibles fósiles, el tabaco y los seguros.
Durante los primeros 20 años, el coste de la reunificación se ha estimado en 2 billones de euros (media de 100 millones de euros al año). Para compararlo, en aquellos años el PIB español (lo que los españoles producimos en un año) era de poco menos de 1 billón de euros.
Aunque han disminuido, las diferencias económicas entre el este y el oeste aún persisten. "El proceso de la unificación alemana aún no ha terminado", aseguró Angela Merkel, que creció en la Alemania oriental, en 2009.
En términos de la mentalidad de la gente, la división entre las dos Alemanias aún sigue presente en la mente de muchos alemanes, especialmente en la gente de más edad. La brecha mental entre el este y el oeste aún persisten, pero también crece la simpatía. En 2018, momento en que escribo esto, 29 años años después de la reunificación, la gente joven de ambos lados de la antigua frontera apenas recuerda nada de la existencia de la RDA. Hay que tener en cuenta que un chico que en 1989 tuviera 15 años (nacido pues en 1974), hoy tiene 44 años pero recuerda mil veces más cosas después de los 15 años que antes. Digamos que la gente que ahora tiene 55 años o más tiene unos recueros bastante correctos de la RDA.
Cuando en el siglo XXI parece que los problemas de la reunificación van quedando poco a poco atrás, aparecen nuevos problemas: el terrorismo islámico, la inmigración descontrolada, el ascenso de la extrema derecha antieuropea, etc. Pero Alemania sigue siendo cada vez más la punta de lanza de la industria de la alta tecnología. Cada nueva tecnología que aparece, como la energía solar, la eólica, la producción de drones, etc., el país está en la vanguardia al nivel de los países más grandes y poderosos del mundo.
