miércoles, 29 de agosto de 2018

Sobre los celtas

Si en las entradas anteriores he dejado claro que no se conoce prácticamente nada sobre el origen de los celtas, también creo que no se sabe mucho sobre el final de este conjunto de pueblos.
Hay libros que ponen el énfasis en que los celtas eran una sociedad tribal que pivotaba sobre la guerra, liderada por una aristocracia militar belicosa. Estas afirmaciones me recuerdan un poco a  la Esparta o a la sociedad vikinga, pero creo que es un poco exagerada. Ponen como ejemplo que en el año 390 AP una tribu celta (los galos) saqueó Roma. Pero hablando de los romanos, en los siglos I AP y I los romanos conquistaron la mitad del mundo conocido entonces. Hablando de una sociedad belicosa hemos dado con la más belicosa y cruel del mundo entero en aquella época. Por ejemplo, los remeros de las galeras romanas eran esclavos que iban atados a estas naves de guerra, de tal modo que si el barco se hundía, irremediablemente se hundían y ahogaban todos. Los romanos eran especialmente crueles y despreciaban las vidas, las ajenas por supuesto, especialmente la de los esclavos y los habitantes de los territorios conquistados (hasta que estos terminaban incorporándose al Imperio y sus habitantes convirtiéndose en ciudadanos romanos, como pasó con Hispania y la Galia). La crucifixión, la pena de muerte muy dolorosa que se aplicó a Jesús, era una de las tantas que se aplicaban con total normalidad a los reos de muerte.
Admitimos que los celtas eran una sociedad guerrera porque encontramos armas (sobre todo espadas) en las tumbas, pero no hay que hacer un excesivo hincapié en este punto, pues de lo contrario, tergiversamos la realidad. La belicosidad no era una seña de identidad exclusiva de los celtas.
El modo de vida principal de los celtas no era el saqueo sino el pastoreo. Su ámbito de dominio era bastante amplio, y abarcaba regiones de Europa como las islas de Gran Bretaña y la de Irlanda, el noroeste de España, Francia, el sur de Alemania, Austria, la República Checa, el norte de Italia, los Balcanes e incluso, Turquía.
La lengua celta era, sin duda alguna, una lengua de origen indoeuropeo.
Los celtas eran, lo que griegos y romanos llamaban bárbaros, es decir, unos pueblos incultos e incivilizados. Esta es la auténtica visión de los celtas, no la romántica visión de unos pueblos con características cuasi sobrenaturales (algunos autores le otorgan a los druidas poderes mágicos) que vivían en aldeas y pequeños pueblos (no se conoce ninguna ciudad celta). Eran simples e ignorantes pastores, no agricultores. Criaban ovejas y cerdos y eran carnívoros (no comían apenas vegetales). Amaban la guerra pero sus armas eran primitivas. Cuando guerreaban carecían por completo de organización bélica y entrenamiento militar. Eso sí, tenían mucho valor, lo que les convertía en poderosos enemigos. Pero ninguna de esas virtudes eran suficientes para acabar con la organización y el enfrentamiento militar de las legiones romanas. Para empezar, los legionarios romanos eran soldados profesionales que vivían casi toda su vida (los que llegaban a licenciarse se les concedía una terreno y se dedicaban a la agricultura hasta el momento de su muerte) de su profesión. Sufrían (es la mejor palabra que encuentro) un auténtico entrenamiento militar que les convertía en abejas u hormigas de una máquina militar muy difícil de parar. De hecho, cuando desapareció el Imperio Romano de Occidente, desapareció también una forma de ver la guerra que no se recuperó plenamente hasta el siglo XIX con la creación del ejército moderno basado en los mismos principios de fuerte entrenamiento militar y obediencia ciega.
Se dice que toda regla general tiene sus excepciones. Algunas tribus galas, sin duda las más cercanas a los asentamientos griegos, alcanzaron un cierto nivel de civilización. Pero la norma general sigue siendo válida.
Las tribus celtas estaban totalmente desunidas. Solo una circunstancia, como la conquista de Las Galias por Julio César, unió momentáneamente a las tribus galas contra el invasor. Y esto ocurrió tan solo después de derrota tras derrota de las tribus galas ante las legiones romanas mandadas por Julio César. Este conflicto bélico comenzó en el 58 AP y terminó en el 51. Tan solo en el año 52 los galos se unieron detrás del único líder que tuvieron en toda su historia: Vercingetorix. La última batalla fue la de Alesia en el año 52.
Hasta el año 52 los romanos vencieron una a una a las diversas tribus galas, pero en ese años el nuevo caudillo de los avernios convenció a otros líderes de tribu de que sus enemigos no eran las tribus vecinas, sino que todas las tribus tenían un enemigo común. Ante la evidencia de que los romanos habían vencido durante los seis años anteriores a todas las tribus galas una a una sin que las tribus vecinas se inquietaran en lo más mínimo (probablemente incluso se alegraban de que los extranjeros vencían a sus enemigos seculares), se dieron cuenta de que la única forma de derrotar a los invasores era la unión. El resultado de esta última batalla en la guerra de las Galias fue que muchos galos fueron despojados de todos sus bienes y vendidos como esclavos. Sin embargo, este encuentro bélico con la civilización les dio, a largo plazo, algunas recompensas. Bajo los diversos gobernadores romanos, los galos se unieron como nunca antes. También el país cambió radicalmente: se construyeron ciudades, carreteras, puertos, baños romanos, teatros, villas romanas y, por primera vez, los galos se convirtieron en agricultores. El comercio floreció y los galos obtuvieron la ciudadanía romana, con todos los privilegios que ello conllevaba. Por ejemplo, no podían ser esclavizados, pero además podían prosperar en la política y en la milicia, y podían llegar a ser gobernadores u ocupar los más altos cargos de la milicia.
En contra de la visión romántica que se estableció en el siglo XIX de los celtas, lo cierto es que los galos, en el transcurso de pocas décadas, olvidaron su lengua y su cultura y adoptaron la lengua (el latín) y la cultura de sus vencedores como suyas propias.
Lo que pasó en los siguientes siglos es de sobra conocido. El Imperio Romano era bastante permisivo en cuanto a la religión. En el extremo sudeste del Imperio apareció una nueva religión, el cristianismo. Los emperadores romanos a veces la toleraron y, en ocasiones la persiguieron, pero nunca pudieron acabar con ella. Hacia el año 100 de nuestra era los primeros misioneros crisatianos llegaron a Marsella. Su progreso fue lento: tardó casi un siglo en alcanzar Lyon. En febrero del 313 Constantino publicó el Edicto de Milán, que estableció una tolerancia permanente hacia el cristianismo, y 25 años más tarde, aunque se dice que lo hizo en su lecho de muerte, el mismo emperador Constantino fue bautizado. El cristianismo conquistó todo el territorio de lo que hoy es Francia sin ninguna amenaza hasta la Revolución Francesa.
Pero las amenazas más fuertes vinieron del este: en el siglo V varias tribus bárbaras (godos, hunos, vándalos) invadieron el antiguo territorio galo. Pero esto es otra historia que contaremos en las siguientes entradas: la historia de los pueblos germánicos.
El relato más completo sobre los celtas que vivían en lo que hoy es Francia y Bélgica, aunque muy viciado en su análisis por los numerosos prejuicios que los roman os tenía sobre lo que ellos mismos llamaban los "pueblos bárbaros", fue el de Julio César: Comentarios sobre la Guerra de las Galias. Tenemos que suponer que los celtas que vivían en lo que hoy es territorio alemán o austriaco vivían y se comportaban de modo similar.
Los romanos empiezan a escribir sobre los galos cuando estos empiezan a preocuparles. Mientras los galos representaban una amenaza lejana o ninguna amenaza, no escribían prácticamente nada sobre ellos, tan solo algunos comentarios aislados. Por otra parte, todos los pueblos celtas vivían en la prehistoria: no sabían leer o escribir. Su cultura era tan solo de transmisión oral, por lo que ignoramos todo lo que ellos pensaban sobre sí mismos y sobre los griegos, los romanos y los germánicos. Y esta amenaza empezó a manifestarse en el siglo I AP cuando los galos, presionados por los pueblos germánicos, empezaron a entrar en conflicto en el límite que entonces tenía el imperio establecido en las estribaciones sur de los Alpes.
Contra la idea general firmemente asentada, el territorio que habitaban los galos era muy superior en tamaño al de la Francia actual; incluía territorios del norte de la península italiana (hoy Italia), de Bélgica, de Alemania (al oeste del río Rin), el oeste de Suiza y parte de los Países Bajos, así como Luxemburgo.
Ver el libro de Cassell, The Celts, desde el final de la página 26, y el libro Kingdom of the Celts. También France: A History

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